Perdieron la vida los esposos Arista al regresar de una fiesta en Moctezuma
Casares se ve sin duda alguna golpeado por la tragedia. A la muerte de Guillermina Cerdá en un impresionante accidente ocurrido días pasados en ruta 5, debemos sumar ahora la desaparición de otros dos vecinos, muertos también sobre una cinta asfáltica, en este caso la ruta 50, al chocar de frente en el auto en el cual viajaban junto a otros familiares. Los desaparecidos son Osmar Alberto Arista, de 48 años, -que fuera panadero del supermercado
upantes del rodado resultaron con lesiones de distintas consideración que no comprometían sus vidas. El más lastimado era el joven Jorge Beil, que presentaba un fuerte traumatismo en la boca, con pérdida de piezas dentarias, siendo atendido e intervenido por el odontólogo Dr. Angel «Gelo» Vignau. En cuanto a Simionatto, resultó con heridas leves. Se dice que cuando chocó, se bajó del auto y comenzó a caminar por la ruta totalmente des-orientado. «Ando buscando mis zapatillas» le diría a un vecino que pasaba por el lugar del accidente y se detuvo. La policía, al comprobar su borrachera, lo apresó a disposición del Fiscal interviniente en la causa. Dr. Walter Vicente.
El accidente se produjo prácticamente en la banquina opuesta por donde circulaba Simionatto, lo que hace presumir que se cruzó en la cinta asfáltica, o que ya iba por la otra mano, yéndose sobre la coupé Taunus conducida por Arista, el que pese a que intentó desviarse a la banquina, nada pudo hacer para evitar la brutal colisión. Arista y su esposa murieron prácticamente en el acto. El primero por el fuerte traumatismo toráxico que le produjo la fractura de costillas con una gran hemorragia interna, y la segunda por fracturas craneanas con hemorragia cerebral.
Decíamos que Arista era panadero del super
Habla Leandro Javier Arista, que viajaba junto a sus padres
"Le pedí socorro a quien nos había chocado y se negó..." "Mirá como me hicieron el auto", dijo
Leandro Javier Arista, hijo de los esposos fallecidos que regresaba con ellos luego de haber estado en una fiesta, nos atendió aún muy impresionado por las dramáticas y dolorosas horas vividas. Esto fue lo que nos dijo: «Fuimos a Moctezuma a un cumpleaños de 15, de una hermana de Jorge Beil, un nene que tenían a su cargo nuestros padres y un hermano más para nosotros. Regresamos tipo 1,30 horas, porque nuestros padres tenían que hacer el pan para el otro día.
Nosotros veníamos entredormidos, yo escuché gritos de mi vieja y ahí nomás fue todo el desastre. En el auto veníamos yo, mi novia Marisol de los Santos, quien alcanzó a ver una luz que se venía hacia nosotros y nada más, y Jorgito del otro lado.
Segundos después me bajé, pedí socorro a quien nos había chocado y éste se negó a brindarnos ayuda, lo único que decía era “Mirá como me hicieron el auto” y nada que ver. Se puso a buscar un zapato que había perdido y minutos más tarde buscó una luz portátil para cambiar la rueda de su vehículo.
La llamé a mi hermana Eliana Soledad Payero, que también había ido a la fiesta con su novio el Dr. Santiago Gigena, y ésta llamó a la ambulancia, la que llegó enseguida. Mi cuñado se llevó a Jorgito y a Marisol al hospital y yo me quedé con mis viejos. Creo que mi viejo todavía vivía, me asistieron a mí y el tipo continuaba hablando por teléfono lo más bien. No le importó nada en ningún momento.
-No recuerdo, te digo la verdad, no recuerdo.
-No, eso es mentira, porque el asiento de mi mamá se despegó del piso, asi que imaginate lo fuerte que venía el otro auto. Me comentaba mi hermana, que iba adelante de nosotros, que lo cruzaron en el camino y venía fortísimo.
-Seguir adelante, no dejar caer para nada todo el laburo y sacrificio que hicieron mis viejos para tener eso. Nosotros queremos continuar con ese proyecto. Y dentro de unos días, cuando estemos un poco más recuperados, abriremos.
Sabía que la b
ebida lo estaba matando. Es demasiado joven, 42 años, por lo que decidió hacer un tratamiento para dejar de tomar. Una pastilla aparentemente le quitaba esas ganas de tomar, pero si tomaba mientras seguía el tratamiento el efecto era adverso. Pero claro, «Yiyo» quería pero no podía, el mismo se hacía trampas, compraba vino y escondía las botellas y se hacía escapadas a la ciudad en una recorrida interminable por distintos despachos de bebidas que comenzaba por la mañana en
